Me doy cuenta perfectamente de cómo los asistentes observan atónitos aquella frialdad que presento. Pero la verdad, me importa un comino

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Ni frio, ni calor

“¿Has sido tú Lucas?” “Seguro que lo rompiste de la mala leche que te entra cuando discutimos.”
“¡No, papá!” “Fue la fuerte racha de viento que entró por la ventana, que se lo llevó por delante.”
Esa fue mi primera mentira. Una de tantas las que comencé a espetar sin ton ni son. Y no sé si fue por casualidad, pero desde aquel día que tuve ese desengaño con mi padre y estrellé contra la pared aquel jarrón, perdí toda capacidad de sentir y mi corazón se convirtió en un auténtico témpano de hielo.
Mientras el avión inicia la maniobra de descenso, mis piernas no paran de temblar. Un nerviosismo se apodera de mí mientras diviso la ciudad que me vio nacer a través de la ventanilla.
Ha transcurrido una eternidad desde que decidí poner tierra de por medio y me marché a Tenerife en busca de una oportunidad laboral. Y desde entonces, han sido escasas las veces que he visitado a mis padres y amigos. Sinceramente, más por compromiso que por añoranza.
Las puertas de llegada se abren y me percato de que nadie me espera. Frunzo el ceño como de costumbre y me limito a mirar con cara de pocos amigos al resto de recién llegados que transitan por la terminal. También aprovecho para adaptar el reloj al horario peninsular.

Tengo pensado quedarme tan solo unas horas, así que, llevo únicamente el riguroso traje negro con el que asistiré al funeral de mi padre y una pequeña bolsita de mano para asearme.
Como tengo tiempo de sobra, me tomo un par de cervezas en uno de los bares del aeropuerto y cuando termino, cojo un autobús que me deja en la misma puerta del tanatorio.
Durante el trayecto, observo estupefacto cómo han cambiado ciertas zonas de la ciudad. Algunas de las calles que formaron parte de mi infancia y adolescencia. Aquel rincón en el que besé por primera vez a una chica, o el parque en el que pasé tan buenos momentos con la pandilla. Pero en lugar de afligirme, ni me inmuto.

Tras media hora encerrado en ese cacharro, por fin llego a mi destino.
Alberto se abalanza sobre mí y me aprieta fuertemente contra su pecho. “Hermanito, papá se nos ha ido.” Con los ojos enrojecidos y llenos de lágrimas me conduce hasta donde está mi madre.
Conforme me voy acercando, observo cómo ella se derrumba. Su cara refleja una mezcla de emoción por mi llegada y de dolor, propio del momento. Mi viejita me achucha con las escasas fuerzas que le quedan. Y yo, haciendo de tripas corazón, aguanto el tipo hasta que creo conveniente.
Segundos después comienza la ronda de preguntas…
“Lucas, ¿cómo estás cariño?” “Te noto bastante más delgado.”
“Estoy bien mamá. Tengo mucho estrés entre el trabajo y la niña, pero todo está en orden” “María te envía recuerdos y siente muchísimo no haber podido venir, pero alguien tenía que ocuparse de Carla.”
“Mi vida, ¿qué tal está mi nieta?” “Hace mucho que no la veo y la echo de menos.”
“Está genial. Pero esto ha surgido de imprevisto y no era el momento de traerla.” “Ya vendremos en otra ocasión.”

“Cariño, ¿cuántos días te quedas?”
“Me marcho hoy mamá, a última hora. En cuanto acabe el funeral.” “Las cosas en el curro están muy complicadas y no puedo descuidar ciertos asuntos.” “Ya te he dicho que vendremos más adelante, cuando tengamos vacaciones.”
Aunque mi madre no queda muy convencida, se resigna y asiente con la cabeza.
Me coge de la mano y nos dirigimos hasta donde yace el cuerpo de mi padre. Me quedo unos minutos a solas con él, buscando ese momento de intimidad. Lo normal es que en ese ratito hubiera roto a llorar, que al verlo me hubiera venido abajo, pero nada… No me sale ni una lágrima y tampoco percibo dolor alguno.
Únicamente, me limito a observar cómo la enfermedad ha deteriorado su aspecto. Y por más que intento recordar momentos felices o emotivos vividos junto él para ver si de este modo se me remueve algo por dentro, lo único que obtengo es indiferencia. Me doy cuenta perfectamente de cómo los asistentes observan atónitos aquella frialdad que presento. Pero la verdad, me importa un comino.


Al finalizar el sepelio, me despido de todos y cojo un taxi hacia la T4. Como an me quedan tres horas para el despegue, aprovecho para dar un voltio por las tiendas y comprarle un detalle a mi hija.
Tenerife me recibe con sus maravillosos 25 grados. Cojo el coche del parking y paso por casa a pegarme una ducha antes de ir al trabajo. Al reconcile el ruido del automóvil, mi mujer sale al porch.

“¿Cómo estás amor?” Me limito a encogerme de hombros.
Subo a ver a mi pequeña a la habitación, que no ha ido al cole por encounters pachucha y le doy su regalito.
La niña lo abre y no parece hacerle mucha gracia. “¡Mecachis!” “¡Otra vez que no acierto!”
A lo que Carla responde con una sonrisa y un abrazo. Tras un silencio, me susurra al oído: “Te quiero papá.”
En ese momento, noto cómo las lágrimas comienzan a resbalar por mis mejillas. El corazón se me encoje y me doy cuenta de algo… Estoy sintiendo.
Después de muchos años, se me ha vuelto a erizar la piel.

Autor: Patricia Bermejo.

Un relato inspirado en la vida real.

WE&P by: EZorrilla.

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